1.11.04

En el polígono

Trabajábamos en el polígono industrial más mugriento del extrarradio. El campo estaba tan cerca que casi podías olerlo, pero aquel lugar te contagiaba su decadencia y su mierda y a ninguno nos apetecía gran cosa respirar profundamente, empezar nuevos proyectos, sonreír demasiado o gilipolleces por el estilo.

Los fines de semana, que para nosotros casi siempre eran días de curro, los borrachos intentaban atropellarnos con sus coches viejos. Supongo que para ellos era sólo un juego. También había perros callejeros dispuestos a saltarte al cuello y camioneros solitarios que, pensando en su última puta, no tenían miramientos a la hora de abrirse paso a golpe de claxon a través de aquel infierno.

Éramos 20 y teníamos 4 jefes. Llevaba años vagando por el mundo del empleo precario y casi todo me daba igual, pero nunca había tenido 4 jefes. Estaba claro que querían tenernos bien controlados. Bien sometidos. Bien jodidos.

Lo primero que me venía a la mente cuando caminaba hacia la espantosa nave industrial, arrastrando mi resaca la mayoría del tiempo, era la certeza de tener que soportar un día más a esos 4 jefes. El hecho de que mi vida fuera un completo desastre cada vez importaba menos.

Éramos archiveros. Nuestro pequeño trabajo consistía en crear demenciales referencias de estúpidas noticias que, algún día, un imbécil tendría el capricho de consultar. Esa tontería era considerada como algo sagrado por los propietarios del tinglado. Se supone que había que conseguir CALIDAD porque de ello dependía el futuro de la humanidad. El problema era que nos pagaban 4 perras sin derecho a vacaciones. Jaja. Bueno, nosotros intentábamos trabajar con calidad. Cada día alargábamos un poco más la pausa para el café.

Nuestras semanas tenían 8 días, y es que el trabajo estaba organizado en turnos perfectamente planificados, a prueba de fiestas nacionales o ataques cerebrales. De ese modo, la empresa conseguía una productividad asombrosa, mientras nosotros perdíamos la noción del tiempo viviendo a espaldas de lo que quedara de nuestras vidas.

Ahora mismo no recuerdo exactamente el tiempo que duró aquello, aunque más o menos fueron dos años. Dos años en los que sólo pude disfrutar de uno de cada cuatro fines de semana entendidos al estilo tradicional. Dos años de aislamiento social y rollos endogámicos con los que compartían marginación y empleo basura. Dos años en una nave mal ventilada, la espalda destrozada por las sillas baratas y los ojos ardiendo por los monitores de mercadillo.

En fin.

No sé por qué te he contado esto hoy. A lo mejor es mi particular manera de celebrar el día de todos los muertos en un país en el que 9 de cada 10 contratos con precarios.

Enciende una vela por mí y no olvides visitar la nueva sección del blog: "Divertimentos IV (artísticos)", abajo, a la derecha.

0 Comentarios: