11.12.05

La última manifestación



El líder del rebaño azul bramó a los cuatro vientos: ¡SÓLO HAY UNA NACIÓN!, ¡LA ESPAÑOLA!, y yo sólo pude cambiar de canal ante el espectáculo que Telemadrid me estaba ofreciendo. Un show pagado con mi dinero y el de todos los contribuyentes, habitantes
asustados de una ciudad enferma, de un país en el que siempre habría 2, 3 y hasta 4 bandos enfrentados a muerte. Los 30 o 40 mil acólitos que había a los pies del líder (medio millón para la citada televisión) entraron en éxtasis, y el grito de odio se convirtió en un cántico de concordia y apoyo a esa Constitución que ninguno de ellos había leído en su puta vida. Click. Cambio de canal.

Aquello no tenía nada de extraño. Lo que sí conocía más de un organizador de la farsa era el panfleto de Adolph, ya sabes, ese en el que entre otras barbaridades se relaciona el éxito de las campañas propagandísticas con la emisión de mensajes-fuerza comprensibles por los indivíduos más lerdos de la comunidad.
Sí, al parecer el coeficiente intelectual de una gran masa de ciudadanos tiende a cero, de ahí el éxito de las consignas elementales, maniqueístas, ausentes de reflexión ni lógica: el bien contra el mal, la unidad contra la disgregación, la libertad pero no el libertinaje... y demás sandeces similares. Mensajes cortitos y fácilmente asumibles de uso recomendado en la barra del bar, en la homilía del domingo y en el puticlub de la esquina.

Por suerte para mi equilibrio emocional, este tipo de tinglados estaban empezando a resbalarme. Para empezar, eso de oír hablar de patrias y naciones a estas alturas de la película resultaba como mínimo grotesco, y más teniendo en cuenta que había entidades como el Banco Central Europeo capaces de pasarse por el forro de los cojones a cualquiera de esos provincialismos tan paletos como anacrónicos. En fin, bajo la bandera de las identidades enfrentadas teníamos toda una historia plagada de colonialismo, sangre, imperios dominantes y súbditos tan sonrientes como sumisos. Mientras tanto, una leve variación en los tipos de interés tenía el poder de convertir a la clase media-por-los-pelos de un país como el nuestro en una especie de nuevo proletariado más propio de los albores de la revolución industrial que de estos tiempos de inteligencia artificial y escasísima.

A día de hoy, por cierto, la partida la había ganado EEUU, con su tremendo poder militar, económico y cultural. Los demás hacíamos como que éramos estados soberanos, con nuestras pequeñas correrías y nuestras ridículas pajas mentales. Joder, el problema tenía proporciones planetarias y aquí nos mesábamos los cabellos por un quítame esos estatutos. Los grandes conglomerados geoestratégicos eran los que dominaban el mundo. El ciudadano medio, el Estado medio, las sociedades medias eran tan sólo peleles a merced de los intereses globales, de ahí mi náusea, mi asco hacia esos gritos provenientes del pasado, de un pasado demasiado próximo como para haberlo olvidado convenientemente bajo kilómetros de historia y hormigón.


Pero, en fin, cualquier excusa era buena para que los chicos de azul pudieran gritar con la mano en alto sus ¡ESPAÑA!, ¡ESPAÑA!, y sus ¡COPE!, ¡COPE!, porque aquí, además del problema político, teníamos también el asuntillo ese de la radio de los curas. En países civilizados de nuestro entorno las intentonas golpistas y el revisionismo para con las grandes dictaduras del pasado siglo estaban penados con cárcel, pero Spain seguía siendo different. Los chicos de Federico y todas las parroquias del país habían decidido utilizar la estrategia del rodillo contra todo aquel que no comulgase con sus ruedas de molino. La España negra, claro, como siempre, las dos caras de España, Cara A y Cara B, como si en este jodido páramo todavía tuviera algún sentido la tecnología analógica. Como si todo fuera tan fácil como darle la vuelta a una cinta de cassette. No podemos olvidar a los cuatro gilipollas de ERC que decidieron contraatacar arrancando unas cuantas páginas de unas cuantas Constituciones en un punto geográfico al noreste de la manifestación que nos ocupa.

Cierta, una vez más, la máxima de que la estupidez no tiene fronteras, tocándose los extremos en esa tierra de nadie llamada analfabetismo.

Poco más hay que contar del reportaje que me ofreció el sesgadísimo canal autonómico, y es que en televisión ocurría como en prensa. Tenías un medio medianamente imparcial por cada doscientos púlpitos para el talibán de turno. Se estaban poniendo muy chulitos los del bando azul, de eso no cabía la menor duda, pero no era extraño. Al fin y al cabo para ellos el resultado de unas elecciones libres no significaba nada. Había que cambiar el poder a hostias, machacando al adversario, mintiendo compulsivamente, sin freno, sin medida. Todo era lícito para joder a esos millones de ciudadanos que no pensaban como ellos, que no habían querido seguir bajo el yugo reaccionario-especulativo de la nueva falange.

Del nacionalcatolicismo habíamos pasado al catolicismoinmobiliario.

La derecha había descubierto el placer de manifestarse bajo las órdenes del caudillo de turno. Todo valía, aunque la excusa fuera esa Constitución repudiada por la mayoría de ellos en el ya mítico 78. Había que atacar a los homosexuales, a la enseñanza laica. Había que evitar que los documentos robados durante el franquismo regresasen a sus lugares de origen. Todo valía para los chicos de azul y sus amigos, los sotanas casposas.


La triste realidad era que no estaban solos en su viaje a la involución. Banca, clero, clubes futbolísticos y grandes constructores estaban con ellos... y nosotros estábamos jodidos y no podíamos hacer gran cosa por evitarlo, salvo cambiar de canal o emigrar a algún lugar más civilizado en cuanto recuperasen el poder por las buenas o por las malas, lo cual parecía resultarles indiferente.

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PS: la primera foto es una alegoría (soy tan sutil...). Las otras dos fueron tomadas en el homenaje a la Constitución que el PP perpetró el otro día. Muy adecuadas, desde luego.

8 Comentarios:

Folken dijo...

No se si la gente involuciona o simplemente la jilipollez ha estado latente tanto tiempo pero no salía por pudor. Por una parte y por la otra. No hay dos españas, hay 43 millones, solo totalizan los fascistas (véase también los fascistas que dicen ser de izquierdas)

Dosjerez dijo...

La calle, ciertamente, es de todos, con una sutíl diferencia, unos añoran algo que, en realidad, nunca existió, una supuesta españa, unida adorando un -supuesto- centralismo deseado, no existió, las españas siempre han sido y siempre serán, lo mas cachondo es que es normal, no es lo mismo, lo saben bien en los states, el cinturón de la biblia o new york, ni la costa este ni la oeste, al igual que no es lo mismo Milan que Palermo, en nuestro caso es solo de sentido común, es obvio que comparto mas con un portugués del algarve que con un mesetario vallisoletano, el clima, la cultura, marcan, lo que ocurre es que ellos, los que se manifestaron, eso no pueden verlo, se rien, son los típicos del chiste facil, del andaluz vago, del gallego cerrado o del catalán agarrado tópicos-típicos que suponen una negación de la evidencia.

Quiero decir, que hoy estoy espeso, sus mensajes-fuerza, son fatuos, vacíos, falsos, les serían especialmente útiles, imagino, justo antes de unas elecciones, ahora solo mueven a los suyos (los mismos, en todas las manifestaciones, esos son su reserva espiritual, carne de prostíbulo -en los varones- y confesionario -en las féminas-) y los suyos, por pura tasa de reposición, son cada vez menos.

Lo que no comprendo, ni me creo, por eso no entiendo lo de las elecciones, que el sitio mas mestizo -o eso creía- de españa, lleno -o eso me decían- de andaluces, gallegos, extremeños, sudamericanos, magrebíes...se comporta, a veces, como el mas intolerante, quizás, me dicen al oído, solo tengan miedo, miedo a un mundo que no comprenden, en el que los tios se besan a la luz del día -y no en un descampado aislado- las mujeres tienen orgasmos -pecando con lascivia- y el color mas hermoso es café con leche...

Anónimo dijo...

Pinocho siempre se pregunto porque era tan diferente al resto. Su madera noble compitiendo con la fragilidad de las otras carnes que se iban deteriorando con el pasar del tiempo y los excesos. Pinocho también quería sentir lo escatológico, lo vomitivo y la guerra de sus propias neuronas luchando entre el bien y el mal en un mundo miserable poblado de mentes a medio elaborar. Pinocho lucía sonrisa perenne y por sus mejillas no resbalaban las lágrimas de los cocodrilos, y la rigidez de su cuerpo no le permitía bailar la danza del vientre. Queria poder ir a las manifestaciones pro y para con su pecho tatuado en reivindicaciones varias.
No era verdad que le creciera la nariz por contar mentiras, lo cierto es que lo que le aumentaban eran las ganas y el deseo de alcanzar un bocato di cardinale, algo que, dadas sus circunstancias no se podía permitir...
Retrasmitiendo desde el país de los cuentos que a veces se hacen realidad. Las sutilezas (cariñosas) de La Reportera Anónima.

porlacara dijo...

La realidad como casi siempre supera a la ficción... (aunque sea tan estremecedora como en este caso...)

leopoldo intolerante dijo...

Ay... ya publica algo chistoso.

l'home dibuixat dijo...

Gracias.
Se agradece topar con personas q prefieran pensar a q les piensen.
Volveré a visitarte.
Salu2 dsd bcn
jm

jesuson dijo...

Tosda manipulación es mala la de ellos y tambien la tuya

Southmac dijo...

Perdona, jesusón, pero yo me limito a constatar.

home dibuixat, saludos desde Madrid, un lugar cuanto menos pintoresco.

leopoldo, a veces no se puede, no, no se puede, jaja

porlacara, cada día que pasa alucino más con la falta de escrúpulos que se estilan por las radios de este país. La ficción siempre se quedará corta, si no que se lo digan a Fede y sus hordas de talitanes de sacristía.

bonita fábula, reportera. Espero que en 2006 te dignes a revelar tu identidad.

dosjerez, el problema de los centros es que son amplios y los desequilibrios también se sintetizan en un gigantesco magma. Yo alucino con las estadísticas electorales del barrio en el que vivo, por cierto. También alucino cuando oigo a emigrantes lo mucho que les gustaba el tiparraco ese de los pies en la mesa. Vivir para ver, o viceversa.

jaja, folken, se me acaba de ocurrir que lo de 43 millones de bandos es una de las definiciones más ajustadas que se le podría dar a esta comunidad de estados, regiones, cuadras o recintos acotados. 43 millones de entes enfrentados constantemente. Precioso.