
Javier era dentista y tenía montado su chiringuito en la calle Magnolia. La consulta resplandecía de pulcro mármol tan sólo alterado por inevitables gotitas de sangre ocasional. Javier era un gran hijo de puta. Anteponía el interés económico a las verdaderas necesidades de sus pacientes. Jugaba a censor de costumbres y a juez estético con el único fin de engrosar su cuenta de resultados. Javier rozaba los cincuenta y sentía los gases de la comida bullendo en su interior. Javier tenía a un cliente en la silla de tortura. El tipo parecía realmente acojonado. La sensación de poder era real. Podía joder bien a ese pringado, y no sólo en su cartera. Podía hacerle agonizar de dolor durante horas.
En fin, la víctima de Javier se llamaba Genaro, y en ese mismo instante maldecía a todas las madres de todos los dentistas del amplio planeta en el que, tarde o temprano, se estrellaría el asteroide. Genaro tenía más de treinta y era hipocondríaco radical. Genaro consideraba que la medicina actual había llegado a unos niveles tales que el más mínimo dolor experimentado por el paciente se debía, sin duda, a la ineficacia del médico de turno. Javier interrumpió los siniestros pensamientos de Genaro al activar el taladro.
Los labios de Javier se humedecieron de excitación. Iba a perforar bien a aquel desaprensivo con las encías jodidamente sucias. Ese cabrón iba a pagar por el aburrimiento al que le había condenado su anodina vida. Javier, en efecto, estaba un poco hastiado pese a tener bastante dinero, una mujer más o menos presentable, una amante que casi podría ser su hija y una hija auténtica de 16, que se llamaba Lila.
Lila era guapa. Una guapa adolescente que habría hecho las delicias de todos aquellos que aún creían en el mito de Lolita. Lila se llamaba así porque su padre había inseminado a su madre en un sucio parterre del parque. Allí había lilas y condones usados y jeringuillas y latas oxidadas de refresco. Lila estaba caliente todo el tiempo, como cualquier ser normal a esa edad, quizá por eso utilizaba compulsivamente el MSN para lanzarse a embriagadoras aventuras de sexo ocasional. El peligro latente que había en esa conducta sólo sonseguia ponerla más cachonda.
La madre de Lila estaba hasta los ovarios del puto dentista. Hacía tiempo que su marido no la follaba con la frecuencia e intensidad necesarias. Hacía tiempo que descubría extraños cabellos de longitud y coloración diferentes a los suyos en la ropa de ese cabrón. Marta no se llevaba demasiado bien con su hija. El conflicto generacional era real, tal y como decían los libros. Esa jovencita se vestía como una zorra y, en fin, tenía la sensación de que actuaba de igual forma. Marta tenía cita en el ginecólogo a las cuatro de la tarde. No le gustaba ese engorroso trámite, pero a partir de ciertas edades había que hacerse chequeos con agobiante frecuencia.
El ginecólogo de Marta se llamaba Ramón. Era un tipo fuerte, tirando a apalancado. Demasiado tiempo urgando en vaginas y haciendo frente a los enormes gastos que sus dos aficciones favoritas, juego y cocaína, suponían a su no demasiado holgada economía. Por suerte, Ramón no era putero. Su sexo había quedado anestesiado bajo toneladas de impulsos suicidas y miedos más o menos irracionales al desamparo económico y/o sangrientas venganzas de sus numerosos acreedores.
Cuando su secretaria le comunicó por el interfono el turno de la siguiente paciente, Ramón se animó un poco. Marta y él eran amantes desde hacía más de un año. Se habían conocido en la consulta. Resacoso él y totalmente salida ella. En fin, digamos que aquello era una relación ventajosa para ambos. Ramón no necesitaba su maltrecho pene para satisfacer a la desquiciada Marta. Le bastaba con sus ágiles dedos y ese ambiente sadomasoquista de la consulta, ya sabes, era suficiente con los lubricantes clínicos y los forceps y las sondas y los enemas. Era más que suficiente con el frío del metal quirúrgico al contacto con las cálidas paredes de carne uterina premenopáusica.
La secretaria de Ramón, por cierto, era conocida en los círculos internáuticos como Lana. Lana era doctora en filosofía, pero la precariedad del mercado laboral la había convertido en secretaria de ginecólogo. Lana vivía más dentro que fuera de la red. Todas sus frustraciones, ese culo un poco más gordo de la cuenta, ese aspecto un poco demasiado agrio, desaparecían al introducir las claves adecuadas en el mundo virtual.
Lana dio paso a Marta mientras Lila salía de casa con la intención de pillar un buen pedo con sus amigas. Estaba bien empezar a ponerse hasta el culo a las 4 de la tarde. De ese modo, el pedo alcanzaba su eclosión a horas moderadas y la bajada coincidía con un reparador sueño nocturno no demasiado alterado por las circunstancias. Lila tenía un plan aquella tarde, y es que una vez cocida con sus amigas pensaba acudir a una cita misteriosa. Una cita con un desconocido. Ella y sus amigas, todas, habían visto la película Hard Candy y se sentían seguras tras aquel rito adolescente. En sus manos estaba el poder de la castración, real o metafórica. En sus fugaces años de plenitud estaba el poder de aniquilar egos de maduros consolidados o recién entrados en el mercado de la decadencia. Lila y las putas de sus amigas eran una pandilla de calientapollas en busca del príncipe azul que las desvirgase románticamente, o en la suciedad del más maloliente urinario, conceptos que venían a ser equivalentes.
Genaro salió de la consulta de Javier con la sensación de haber sido trepanado. No conseguía sentir nada de mandíbula para arriba. Era como si su cara fuera de goma. Aquel hijo de puta había exagerado con la anestesia o le había jodido algún nervio facial. Con el tiempo se aclararía la incertidumbre. Genaro estaba encabronado porque, precisamente, aquella tarde había quedado con una chica. Sí. Genaro solía quedar a ciegas con las numerosas féminas aventureras que poblaban la red de redes. La chica, al parecer se llamaba Lila. Era un bonito nombre. Le recordaba a la arriesgada capitana Taranga Lila, de esa serie de animación del mismo creador de los Simpsons. Aunque ella le había dicho que su pelo era moreno, no podía evitar imaginársela con el pelo morado, con el vello púbico morado, y esas arriesgadas formas de luchadora de artes marciales ante enemigos fálicos, en fin.
De camino a su cita, Genaro decidió beberse un par de copas. Quizá el alcohol desatascase esos nervios faciales dormidos. Quizá.
Genaro entró en un bar al azar. Ni siquiera se fijó en el nombre. Aquello estaba en el centro, así que sería caro, pero a la mierda. En la barra había una mujer ligeramente ajada tomando un Martiny dry mucho más dry que Martini. De hecho, el olor a ginebra impregnaba sus alrededores. Se trataba de Marta, que al salir de la sesión masturbatoria con Ramón había decidido darse un pequeño homenaje antes de regresar a su asquerosa rutina.
Como Genaro se había quedado sin fuego decidió intentarlo con la dama. Oh, sí, claro. Por supuesto. Una llama brotó de un caro mechero de oro. A aquella zorra le iba mejor que a él, desde luego. En fin, al menos él aún tenía esa cita secreta. Al salir del bar decidió tomar el metro, pero, oh, el metro de Madrid hacía tiempo que más que volar se arrastraba. Un nuevo contratiempo había sucedido en la línea 6. Alguien había decidido arrojarse a las vías en plena hora punta. La muerta se llamaba Lana. Al parecer la joven era secretaria en un gabinete de ginecología. Venía padeciendo depresiones últimamente y los cables cruzados la habían llevado a las paralelas vías del metro. El convoy la había partido por la mitad, de modo que un intenso orgasmo seguido de una sensación vaporosa fue su despedida de esto que llamamos vida.
A eso de las siete, Lila traspasó las puertas del Mulo Anfetaminas, el último garito de moda en la ciudad. Aquello era una sucesión de luces extrañas y músicas electrónicas de vanguardia. También había goma de neumáticos, madera y aluminio estratégicamente distribuidos por el local. El Mulo era un sitio acogedor y transitado. Era poco probable que alguien realmente pirado se expusiera a matarla en un lugar así. Lila miró su reloj. Su desconocido no tardaría en aparecer. Ella tenía preferencia por los maduros en el punto justo de decadencia. Un poco de tripa. Un poco de asco en el rictus. Incipiente calvicie. Olor a fregaderos sucios. Sí, Lila era un poco coprófaga, aunque esa dimensión de su sexualidad no la descubriría hasta años más tarde.
Genaro atravesó las puertas del Mulo Anfetaminas ligeramente colocado. La combinación de whisky con anestésico le había sentado de puta madre. La indignación y la mala hostia por el nuevo retraso del Metro habían desaparecido como por encanto. Había que concentrarse. Su cita estaría ya esperándole. Había que aprovechar las escasas oportunidades de la vida. Tenía que buscar a Lila. Lila, al parecer, era morena y tenía, según ella, 20 años. No estaba mal. Él tenía 35. La diferencia justa. La combinación perfecta para todo tipo de fuegos de artificio.
De repente, cruzaron sus miradas. Genaro abrió los ojos mucho cuando vio a aquella chiquilla sonriéndole. Era morena, sí. Tenía un cuerpo en plena eclosión y, joder, no aparentaba más de 17.
- Hola, soy Lila.
- Ahm, contestó Genaro. Yo soy tu cita, y tú no tienes 20 ni loca, jaja.
- Bueno, continuó ella, ya sabes lo que pasa con Internet. Nada es lo que parece.
- Jaja, ya te digo, Lila. Ya te digo. Vamos a ese reservado del fondo.
- Claro, asintió ella. Vamos a divertirnos. Si mi padre supiera que estoy haciendo esto me mataría.
- ¿A qué se dedica tu padre?, preguntó Genaro.
- Oh, es dentista. Trabaja en la calle Magnolia, ya sabes.
En ese mismo instante Genaro tuvo la certeza de que el destino era una auténtica casa de putas en la que aún quedaba justicia.
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Imagen: Valko
Banda sonora: Lou Reed (Walk on the wild side)



13 Comentarios:
Deberías hacer un cortometraje con ese relato.. si ya lo creo que sería genial verlo en pantalla...así como lo veo en mi mente.
Muchos besos.
Genial el relato! Secundo lo del cortometraje.
Una cosa, un par de veces nombras a Lana como la secretaria del odontólogo pero es la secretaria del ginecólogo no?
Venga, un saludo y sigue escribiendo así ;)
Jaja, una especie de vidas cruzadas. Que bueno. Genaro seguro que esa noche durmió plácidamente, ¿no?
Un saludo.
Caminando sobre esa cara era imposible no cerrar el relato como lo has cerrado, cabroncete.
Entre la música que has elegido, -que la enchufaba en mi primer coche el viernes por la tarde y no dejaba de sonar hasta el sábado a las tantas de la madrugá- y la galería de personajes con la que hoy nos has vuelto a deleitar, lo tuyo empieza a ser muy adictivo.
Gracias. Me ha gustado. Sí, sé que lo sabes.
Casualidad?
Lo dudo...
El caso es que si Genaro era lo suficientemnte vengativo, podría pagar con creces el mal rato que le hizo pasar el padre... aunque igual al padre se la trae al pairo, ya sabes. Hay veces que a los hijos no les dan la atención que merecen.
Desde luego la familia en tu relato queda entrecruzada, qué pequeño es el mundo, podría haber sido perfectamente real, sólo que sin este relato nadie se hubiera dado cuenta en ese caso..
un saludo
Me siento identificada... ¿Es normal? Primero la adolescente, luego Hard Candy, luego el dentista... En fin, un beso South ;) A ver si nos maileamos
Se nota el aliento cinematográfico, los primeros planos, las secuencias, fotograma a fotograma. Impiedad y vidas vacías, la carroña desnuda.
Gran salute, Southmac.
Qué extraño, para mí que había comentado ya que me había gustado esta historia de vidas cruzadas...
Lana es la secretaria del ginecólogo o del dentista? supongo que del ginecólogo.
Me gusta. Contiuara??
Muxi, sí, Lana es la secreatria del ginecólogo. Hubo una errata al principio, pero luego se solucionó. No, no continuará.
Niha, a veces el sistema de comentarios hace cosas raras. Yo sólo elimino personalmente los comentarios que anuncian cosas. Esto no es un puto canal de televisión ;)
Fotograma, sí, me gusta el cine y no, no están vacías. Tan sólo fluyen unas alrededor de otras.
Cél, jjajaja, pura coincidencia, lo juro. Espero que lo del dentista sea de coña.
Betty, es lo divertido de escribirlo. Juegas a observarlos a todos desde la azotea del edificio en llamas. Luego ellos hacen el resto.
Vania, pues no sabría decirte. Genaro en realidad es un buen hombre que se encuentra ante una de esas bromas del destino. Dejo a la imaginación de la gente el siguiente capítulo (que no escribiré)
Gracias, Silvio. El viejo Lou tiene por ahí unos cuantos temas que han pasado por varias generaciones de caminantes por el lado más interesante de la vida ;)
Capitán, sí, estoy seguro de que durmió como diossss
Arto, sí, sí. Fue una errata. Me gusta la idea del corto.
Gracias, Mar. Es inevitable que el mucho cine que vemos acabe por impregnar también lo que escribimos. Estaría bien verlo en pantalla, pero no tengo ni talento ni medios. Lo dejo para los directores de cine que leen esto :P
Me gustan las historias de cadenas. Esta cadena, por su final, se convierte en un ciclo.
Otro para mis favoritos.
Brucital total, esto es bueno, es grande, es fresco... y sabes que no lo digo gratuitamente...
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