
Mientras las calles del centro vibran de ruido, gente y calor, el solitario pasea sin rumbo por el arrabal. Mientras mayo empieza a agonizar, dando muestras del que será uno de los veranos más calurosos, la ciudad recuerda las lecciones del pasado. El proceso de licuefacción es inevitable y progresivo. Será necesario, de nuevo, aprender a cocerse en los propios fluidos. Será necesario asumir la invasión del calor por todos los rincones, pequeñas microondas elevando nuestra temperatura interior, rayos de energía ciega sumiéndonos un poco más en el desconcierto. El solitario cuenta sus pasos, uno, dos, tres, y luego disfruta caminando un rato con los ojos cerrados. Un poco de riesgo en mitad de la nada. Un poco de descanso para sus ojos. La ciudad ahora sólo es un eco.
Lejos del alegre caos, el solitario ejecuta su paseo por el barrio en obras. No se siente ni bien ni mal. Tan sólo intenta dejarse llevar por los impulsos casuales del aparato locomotor. Los descampados han florecido gracias a las lluvias, y los restos de material de obra se alternan con matojos aromáticos y flores amarillas, y flores rojas. No hay nadie por las calles. Los obreros han acabado su jornada laboral y los andamios que cubren los edificios a medio construir son como la maquinaria que mueve los escenarios teatrales. El silencio no es total, pues las ramas de los árboles recién plantados cortan el viento. No hay silencio, pues el barrio en construcción está en la ruta de aterrizaje de un conocido aeropuerto.
La luz del atardecer hace que el asfalto adquiera matices brillantes, un tanto acuosos. Es necesario mirar al suelo para no caer en alguna alcantarilla sin tapa. Hay quien roba esas cosas metálicas por la noche. Los ladrones nocturnos desmontan la ciudad mientras todos duermen, pero su osadía sólo demuestra ignorancia. La ciudad sabe el modo de recomponerse a tiempo para que sus inquilinos acudan a los trabajos basura antes de que amanezca. La ciudad es maligna. La ciudad es bellísima. La ciudad devora y se deja devorar.
El aire en la periferia es de mejor calidad. Pese a las autovías de circunvalación. Pese a las empresas desplazadas por la corrupción urbanística. Pese a los vertederos. El aire circula mejor en las grandes avenidas recién construidas. Ya no hay callejones ni estrecheces. Tan sólo núcleos habitacionales sobrevalorados, incomunicados y ridículos en su falsa promesa de existencias felices. El aire en la periferia aún huele a campo, o al menos aún es posible percibir los resquicios del aroma de la naturaleza entre la amalgama de humos que, a ráfagas, llegan transportados desde el centro.
La solitaria pasea sin rumbo por uno de los carriles bici que las distintas administraciones construyen cuando toca vender conciencia ecológica. Hace falta estar loco para adentrarse con la bici en el interior de la ciudad, piensa. Pero es que ella es más bien escéptica. La solitaria está de vuelta de todo, pero en los últimos tiempos ha descubierto que no soporta a la gente. La gente puede llegar a ser tan cansina y previsible... La gente, con sus contradicciones, sus tonterías, sus pajas mentales. La gente puede llegar a ser prescindible, piensa ella mientras sus pasos aleatorios se suceden a lo largo de volumen y tiempo. La solitaria cuenta las ventanas de los edificios vacíos, una dos, tres, cuatro. Es bueno disfrutar realizando actos intrascendentes. Lo importante es abstraerse y dejar de pensar conscientemente durante un rato. Lo importante es dejar que mente y alma descansen. La ciudad ahora sólo es un esbozo impresionista.
Los solitarios caminan hacia el encuentro en un punto de la avenida. Él con los ojos cerrados, ella con la mente cerrada. Son dos zombies anhelando la carne humana que nunca pudieron devorar. Son dos vampiros sedientos de la sangre limpia de ideas preconcebidas.
El viento del norte ha empezado a soplar con creciente violencia. No hay nadie más que ellos en varios kilómetros a la redonda. Todavía quedan resquicios de las fuertes tormentas de hace unos días. Aún es posible que oleadas de imposible frescor sorprendan a los acalorados caminantes. Un avión volando bajo rasga la calma de la tarde. Los bloques de edificios parecen contemplar con seriedad el inmenso cielo que se recorta a alturas imposibles.
Ambos descubren que no están solos cuando les separan dos metros de distancia. Una breve mirada les hace reconocerse en el otro. Tras un saludo tan complice como inesperado, deciden tomar una copa en ese apartado bar que se intuye allí, en la distancia del neón. El hecho de no conocerse en absoluto es la mayor de las ventajas. A veces las palabras no son necesarias. Basta con la presencia. Estar en el lugar adecuado con la compañía precisa. El hecho de no esperar demasiado quizá sea la garantía de poder conseguirlo todo. Sin ninguna razón especial, se cogen de la mano y emprenden el camino hacia la luz parpadeante.
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Imagen cortesía de Oveja berserker



11 Comentarios:
¿Realmente cree que necesita segunda parte?
Hum, no estoy seguro. Quizá fuera interesante saber lo que pasa cuando un solitario toma copas con una solitaria. Lo pensaré. Siempre puedo enloquecerlos si las copas se van de las manos...
Hasta aqui esto es tan romantico ...hermoso diria yo...encantada de encontrarme con un alguien bajo la situacion y el entorno que describes...pero me da una morbosa curiosidad con lo que sigue
Ávidos de aventura, de hastío, de alcantarillas rotas, de absurdos carriles bicis en la piel de toro (Holanda es otra dimensión). Buscando, anhelando, escudriñando, pero ¿qué?, eso me pregunto yo. Tal vez sólo rozarse los dedos, sentir piel con piel, buscar la nada...
Tal vez la segunda parte me ayude.
La imagen provoca la inmersión.
Un beso arrabalero
La gente puede llegar a ser prescindible... El problema es que todos somos o podemos ser gente.
El otro día encontré olor de manzanilla. Las plantas las habían quitado hace días. ¿La obra? No sé si empezaban en otoño o el año que viene.
Amigo South:
Mañana me caso...! y voy a estar fuera 15 días. Espero que perdones mis ausencias y que ello no signifique que no vengas a verme a mi casa como acostumbras. Hazte cargo.
Volveré y vendré a verte, como siempre.
Salud/OS!!
Hola southmac, hace tiempo que no me pasaba por aquí. El relato de dos desconocidos que se topan por el camino, se miran a los ojos y se reconocen te lo he leído en algún otro relato u otros personajes. Tus personajes son seres solitarios, pero todos somos un poco solitarios, sentimos la soledad en los tuétanos, aunque al final nos acabamos acostumbrando. Somos prescindibles, pero somos animales gregarios. El instinto manda.
Preciosa descripción de la ciudad.
Besos
Pues coincido con Her Folken. Venia con la intencion de mostrar mi conformidad con la innecesariedad de las palabras. Muchas veces solo buscamos la compañia, saber que hay alguien al lado. Para simplemente contemplar.
Si hace una segunda parte... me gustaria que no hablasen.
salu2
Me alegra que te haya gustado la foto... ¿y bailar?
Felicite usted a la que baaaaala por la dichosa fotografía para este otro migueado post.
Saludos (El hideputa de Sir Alsen Bert)
No se preocupe, sir Albert. La cordera berserker será convenientemente felicitada :D
Calma, no, bailar no me gusta. Tengo el sentido del ritmo centrado en los dedos. Sólo toco piano y sintetizador(es)...
Orayo, bueno, el problema es que los acercamientos totalmente mudos son poco verosímiles, más que nada porque en toda ficción me gusta plantear la posibilidad (aunque sea remota) de una acción intensa y, aunque no llena de palabrería, sí con el suficiente aparato de irrenunciables sonidos.
Irene, en realidad esta aparente ficción no es otra cosa que esa atracción a primera vista que a todos nos ha pasado, si bien con resultados dispersos. Me gusta que te guste la descripción de los bordes de la ciudad que, realmente, son lo más aprovechable de estas demenciales acumulaciones de ruido y carne.
Vania, vaya, así que la gente todavía se casa, jajajaja. No te mosquees. Suerte en la aventura y todas esas cosas que suelen decirse. Hace tiempo que me niego a ir a las bodas de los allegados. Por muy laicas y hasta zulúes que sean tienen un no sé qué de rito estival que me pone un poco nervioso. Pues eso, suerte :D
Niha, lo maravilloso de hablar de la gente es que en cuanto empiezas a nombrar el concepto dejas de ser parte del colectivo, al menos durante un rato, en tanto observador lunar.
Calma, segundas partes no siempre fueron malas. Aquí a veces hay vigésimas partes, lo que pasa es que casi nadie se da cuenta :P jajaja
Cicindela, por eso decidí continuar una segunda (y última parte). Porque a mí también me daba un morbo tremendo esa situación, ese conjunto de escenarios, sensaciones y posibilidades abiertas.
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