
Lorelei conoció a su hombre soñado mediante un chat de pago. La red, ese puto loquero poblado por tarados y taradas de diferente origen y grado, posibilitaba encuentros interestelares como ese. La red tenía dos niveles, el amateur y el elitista. Sólo los totalmente desesperados pagaban por intercambiar fluidos, o sentimientos con fluidos, en sitios como el Buscador de Sexos o el famoso Follaland. El caso es que Lorelei pagó una pasta por entrar en los círculos más selectos de contactos, y así fue como conoció a Adonis, que era un gilipollas de muy buen aspecto, enorme polla y nulas capacidades laborales.
Adonis era un ser de su tiempo. El perfecto protagonista de un show basura de esos que veían 2 millones de personas todos los días. Adonis era un semental atractivo con pinta de no haber roto un jodido plato en su vida, aunque con la remota capacidad intelectual de trabajar lo menos posible, consciente de su caché mediático. Adonis estaba afiliado a más de 4 servicios especializados de Amigos en Línea, algunos de ellos totalmente fraudulentos, así que su correo electrónico se había convertido en una especie de Babel llena de babas e intentos de contacto más o menos amistoso. Una tarde de noviembre Adonis leyó el perfil y el mensaje al viento de Lorelei. Parecía ser una tía interesante. Buen curro, edad media tirando a desfasada y, sobre todo, buenas intenciones. Muy buenas intenciones. Él también las tenía. Siempre había tenido gran aprecio a su culo poco habituado tanto a los madrugones como a la tiranía de todos esos pequeños jefezuelos hijos de puta.
Lorelei y Adonis acabaron viéndose tras los obligados escarceos electrónicos. Era inevitable. La red tenía mucho de metáfora del reino animal. Los que la usaban no eran la araña, sino más bien los miserables insectos atrapados en su seno. Lorelei vio a Adonis y quedó inmediatamente prendada de su poderosa figura publicitaria. Era él, sin duda. Él era el gañán de los anuncios de perfume. El mismísimo Clooney diez años antes, haciendo de aparcacoches antes de comer el coño que le dio la fama y hasta casi la trascendencia del puto Martini. Era él, y había que agarrarlo de los huevos inmediatamente, aunque ella no pensaba en esos términos, o al menos no solía hacerlo. Adonis vio a Lorelei y consiguió mantener su perfecta sonrisa mientras las voces interiores le recordaban riéndose en lo que se había convertido su triste vida.
El objetivo de Lorelei era reproducir la paz efímera de los anuncios de 30 segundos como modelo de vida. Ella quería ser la madre que ofrece el Milka a sus chavales. El viejo que vicia al nieto con el Werther's Original, y no con un puto libro lleno de mierda. Ella quería ser la perduración de la felicidad publicitaria. Era ambiciosa la jodida Lorelei. Era una jodida tarada con encanto. El objetivo de Adonis era intentar mantener cierto estilo de vida basado en la prostitución de alto nivel para la que ya iba estando un poco mayor.
Todo fue de puta madre los primeros meses. El noviazgo, porque aquello era un rollete a la antigua usanza por expreso deseo de Lorelei, seguía su curso sin necesidad de amas de llaves controlando las manos y los sexos. Sin necesidad de confesores atentos a las desviaciones de la carne. Adonis resultó ser un caballero sin caballo pero con mucha paciencia. Intuía Adonis que aquello podía ser justo y necesario, así que se las apañó para refrenar su enorme cipote ante las ocurrencias románticas de su recién descubierta amada. Lorelei estaba feliz en aquella trama de final más o menos incierto. Ese tío era su personaje de cuento y no había intentado violarla ni una sola vez. Todo bien. Todo ok.
Y hubo boda, pese a la oposición de TODOS los parientes de Lorelei. Aquello era demencial. El pretendiente era un chulo de putas venido a menos que quería dar el braguetazo. Ella estaba desesperada e inspiraba un poco de pena y cierto asco. La vergüenza ajena era el motor que movía los corazones en este turbulento 2007 que ya moría, que ya acababa entre estertores y siniestras premoniciones.
Hubo boda, y además fue religiosa, con bendición papal y agua del río ese que adoran los que creen en el más allá y todas esas mandangas. Todo muy bonito. Todo muy de cuento. En la ceremonia todo dios se puso hasta el culo de alcohol y babearon chorradas y cantaron canciones y arrancaron a mordiscos el prepucio del recién desposado como rito iniciático. También hubo polvos salvajes e imposibles en los retretes del lujoso restaurante. No iban a ser los gitanos los únicos en hacer barbaridades ante la inminencia del himeneo, en fin.
Así llegó la convivencia marital. Lorelei estaba casada con el tío del anuncio de Ferrari, pero el tío del anuncio no era tan caballeroso como había aparentado hasta entonces. Adonis resultó ser alguien de lo más cotidiano, y esas cosas se pagan. Se pagan los gases intestinales tras la ingesta de cabrito asado. Se paga el placer de la segunda botella de vino gran reserva. Se paga el gusto por la pornografía en red, en detrimento de la sana agonía matrimonial. Se paga el ser un espíritu aventurero a cambio del efímero calor emanado de los pedos compartidos bajo un carísimo edredón de plumas de ganso capón.
El matrimonio de Lorelei con Adonis se parecía bastante a la matanza del cerdo cuando el frío arrecia para que las vísceras no se corrompan antes de tiempo. Para que la sangre fluya un poco más densa de lo normal, aunque sin llegar a congelarse. Lorelei no tardó en quedar embarazada, a eso de la quinta cópula iridiscente con gran aparato de gemidos por parte de ambos y un inicio de hernia para Adonis, que ya iba sintiendo el peso de la treintena en lo más profundo de sus cojones.
Tras el azaroso embarazo y el no menos traumático parto, con triple episiotomía incluida, Lorelei empezó a darse cuenta del berenjenal en el que se había metido. Adonis salía cada vez más y por las razones más peregrinas. Voy a por unas pilas para el GPS del cagadero, querida, solía decir. Voy a tomar un café al club de Arnolfi, mi amor, solía mentir el muy hijo puta. En realidad Adonis se limitaba a dar rienda suelta a la inspiración de su polla, o de su hígado, según la presión atmosférica o la de sus cojones, que venían a ser parámetros equiparables. Lorelei fue entrando en un leve estado depresivo que se vio acentuado el día que Adonis regresó excesivamente expansivo de una de sus excursiones. Jodida puta, exclamó Adonis con un acento refinadísimo del centro de Castilla La Mancha. Estoy hasta los cojones de ti, jodida puta. Ella replicó aquel insolente ataque con un grito de rabia y el lanzamiento de una costosísima cerámica zulú que rompió la ceja izquierda de su amado. Todo un drama.
Pasaron los meses y la convivencia fue deteriorándose más y más. Nadie parecía darse cuanta de que la monogamia cristiana no tenía base científica alguna. Una vez conseguida la descendencia, el macho debía ser castrado, a veces ocurría, de lo contrario su vitalidad le obligaba a seguir el azaroso rumbo de potenciales fornicaciones más o menos extemporáneas. Lorelei, desde luego, no quiso darse cuenta de la triste realidad de las románticas promesas con que fue educada. Aquello caía en picado y su desesperación acabó tornándose en peligroso principio de paranoia esquizoide.
La gota que colmó el vaso, o el punto que sobrepasó la escala de lo deseable, tuvo lugar el día que Adonis se pasó con las copas y la prepotencia, llevándose a casa a una de sus deliciosas putitas veinteañeras del este de Europa, o lo que quedaba de ese concepto más romántico que sociopolítico.
Los gritos de la jodienda y el frenesí de la cama golpeando contra el muro al ritmo de las embestidas de Adonis acabaron por despertar a Lorelei, quien alertada por la extraña sinfonía nocturna abrió las puertas del gabinete de una patada para encontrarse con su avezado esposo jodiendo meticulosamente a una especie de walkiria como venida de espacios exteriores a la sacrosanta Unión Europea.
Lorelei se planteó muchas cosas en aquel aciago momento. Sus sueños, joder, aquellos sueños de trascendencia en lo correcto. Sus secretos anhelos de juventud y perfección. Toda aquella mierda, en fin, hizo que Lorelei sintiera el dolor profundo de la traición. El desengaño traumático que afrontan aquellos que han vivido demasiado tiempo en la mentira. La desazón insoportable de quienes descubren la soledad como esencia indisoluble de su propia decadencia.
Lorelei llegó a la conclusión inmediata de que tras tanto tiempo, dinero y pasión, todo se reducía a una ficción mal producida, en plan cadena privada española. Lorelei decidió entrar de puntillas cuando los frenéticos amantes acabaron su polvo. Con insospechada fuerza les aplastó el cráneo con un macetero de unos 40 kilos. Luego se dirigió a sus aposentos, cerró la puerta con llave y se sirvió un estimulante cóctel de tranquilizantes con vodka puro. Aquello fue la llave para el verdadero reino de fantasía en el siempre había creído.
En el que ninguno de vosotros había creído.
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Sonido: Psalms (Antimatter)



9 Comentarios:
che, está bueno
Menuda forma de despertar tan brusca... si bien el cóctel final le hizo encontrar la paz...
Salud/OS!
Ojalá no creer en las hadas librase de tener ganas de aplastarle el cráneo a nadie. Aunque a simple vista no sea asi... aunque las razones sean absolutamente diferentes, acabamos en la misma mierda cuando se nos acaban los recursos.
Muy bonita historia de amor. Ha faltado la carroza de calabaza.
Sí, es lo que suele pasar cuando eres tan crédulo como para creer en el buen funcionamiento de las relaciones sentimentales, sea con un chulo putas o con cualquier hijo de vecino, acabas esquizoide, neurótico y psicótico.
Un saludo, South.
Y por fin nos topamos con la cruel realidad... Besos de pantera.
Pantera, en efecto. No puedo evitarlo, aunque la culpa sea de Xiren, que me puso el argumento en bandeja hace un post exactamente...
Javier, comparto el razonamiento. Las movidas sentimentales, afectivas (e incluso algunas meramente sexuales) son una pequeña muestra del grado de demencia que nos domina por vete a saber qué gracioso juego evolutivo. La jodida selva de los cuerpos con sus cerebros es un lugar peligroso en el que adentrarse sin buenas dosis de alegre locura.
Xiren, en efecto, las ganas de aplastar algún cráneo permanecen por muy escépticos que seamos.
Me gusta que te haya gustado esta historia tan tierna. A ver si algún día salen más y más espesas, como sangre semicoagulada, hummmmm
Vania, me gusta ser buena gente con la peña de los relatos y procuro darles el merecido descanso tras haberles hecho sudar sangre. En realidad soy buena persona, ya sabes ;)
Gracias, Pablo. Todo es fruto de la demencia probablemente causada por algún pedazo de carne en mal estado hace años, jajaja
Muy, muy bueno :D
Llevado al extremo soth... si acabaran así todas estas historias, no habría sitio en el cementerio...
Besos
Calma, la verdad es que los cementerios que conozco parecen bastante saturados ;)
Gracias, Cél. Me alegra comprobar que te gustan las historias con final feliz.
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